Domingo I: LAS TENTACIONES DEL SEÑOR

Es el Evangelio que se lee el primer domingo de Cuaresma. Se trata de un relato contenido en los evangelios de Mateo, Marcos y Lucas, no así en el de Juan. Nos presentan a Jesús, al comienzo de su ministerio, retirándose durante cuarenta días al desierto, donde es tentado por el demonio. 

El texto es de un simbolismo extremado. Por una parte, late toda la historia de Israel, caminando durante cuarenta años por el desierto, antes de entrar en la Tierra Prometida. Este tránsito por el desierto, fue un tiempo de prueba y de tentación. Por así decirlo, fue un método pedagógico empleado por Dios para purificar a su pueblo, y enseñarle a servirle sólo a él. 

También tiene el antecedente del profeta Elías. Cuando se encontró sólo, en medio de la apostasía de Israel, y se vio perseguido por la malvada reina Jezabel, se puso en camino, durante cuarenta días, a través del desierto, en dirección al monte Horeb, donde Moisés había recibido la Alianza del Señor. De esta forma, denunciaba la infidelidad de Israel. Exhausto y a punto de morir, recibió la ayuda del Señor, que le permitió llegar a la cueva del Horeb, y le permitió verle, no en forma de tormenta o aparatoso terremoto, sino como una suave brisa. 

El desierto, por tanto, más que un lugar, es un concepto cargado de simbolismo. También Jesús es arrastrado por el Espíritu al desierto, y es tentado por el Maligno. Se nos hace referencia a tres tentaciones: se le ofrece cambiar las piedras en pan, se le ofrece tirarse del templo abajo para que lo recojan los ángeles y convenza a todos los espectadores de su condición sobre-humana, y se le ofrece la gloria del mundo. 

El maligno se vale de citas bíblicas para tentar a Jesús, pero todas son rechazadas también con una recta interpretación de la Escritura: 

- No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. 

- No tentarás al Señor tu Dios 

- Al Señor sólo adorarás, y a él le servirás. 

La liturgia cuaresmal, pues, desde el primer momento, nos invita a salir al desierto, para enfrentarnos decididamente contra la tentación del Maligno. Es más, se nos advierte que toda nuestra vida cristiana consiste en un continuo combate contra las fuerzas que nos quieren inducir al mal: las pasiones, el orgullo, el ansia de poder... 

El bautismo, por una parte, inicia este combate con la decisión creyente de luchar contra la fuerza del mal; también le aporta al cristiano la fuerza de la gracia, imprescindible para triunfar. Todos los años, la Cuaresma pone de relieve la necesidad de tomar la firme decisión de perseverar en dicho combate, y de repeler las seducciones del pecado que nos acechan.