Domingo II: LA TRANSFIGURACIÓN

En el segundo domingo de Cuaresma, se nos propone la Transfiguración. De nuevo, se trata de un momento que se recoge en los evangelios de Mateo, Marcos y Lucas, no así en el de Juan. 

Jesús toma a sus discípulos, y se va con ellos a un monte elevado. Allí, se ve envuelto por una misteriosa luz, lo cual era el símbolo de la presencia de Dios en la tradición bíblica. Junto a él, aparecen Moisés y Elías, los hombres fundamentales de la religión hebrea. Uno recibió de Dios la Alianza y la Ley; el otro, fue el profeta al que Dios habló cuando la fe de Israel estaba a punto de disolverse en la idolatría. 

Todos quedan envueltos en la nube, otro signo inequívoco de la presencia divina, y se escucha una voz que dice: Éste es mi Hijo, el amado: escuchadle. 

¿Por qué propone la Liturgia, en medio de la Cuaresma, esta visión de Cristo glorificado? Los textos inciden en la idea de que, al igual que los apóstoles, la contemplación de gloria de Cristo nos prepara y dispone para afrontar el escándalo de la Cruz. Así, quien va a padecer el tormento de la Pasión con su consiguiente descrédito, es el mismo que ahora se muestra glorificado.