Domingo IV: EL CIEGO DE NACIMIENTO

En el cuarto domingo de Cuaresma se nos propone, también del Evangelio según san Juan, el pasaje del ciego de nacimiento. Jesús se encuentra en el templo con un nombre que nació ciego. Era, por tanto, una situación notoria para mucha gente. Era sábado, y Jesús le cura, aun cuando con ello contraviene la Ley. Los sacerdotes y fariseos interrogan al ciego, pues no pueden admitir que ese milagro pueda provenir de Dios, al haberse realizado en contra de la Ley. Sin embargo, la argumentación del ciego resulta incontestable: ¿cómo puede provenir el bien de un hombre malo? Llaman a los padres, pero no quieren comprometerse con su hijo, por miedo a ser expulsados de la sinagoga. Por fin, el ciego es castigado con la expulsión de la comunidad creyente. Se encuentra, por fin, con Jesús, al que confiese como Hijo de Dios. Jesús sentencia que ha venido como luz al mundo, para que los ciegos vean, mientras que los que no le acepten permanecerán en la tiniebla. 

El tema de la luz está muy ligado al bautismo, que de hecho es denominado en la tradición antigua como iluminación bautismal. De la misma forma que la luz del sol nos permite ver la realidad y desenvolvernos en el mundo, así, la luz del Espíritu Santo, que se nos infunde en el bautismo, rompe nuestra ceguera para la vida espiritual, y nos permite acceder al ámbito de lo divino. Como dice el salmo, en tu luz vemos la luz. La luz nos permite ver la realidad; de la misma forma, la presencia de Dios somos capaces de percibirla por la iluminación del Espíritu que recibimos en el bautismo. Por eso, quienes ven a Dios, son capaces de adorarlo. Como la samaritana, quienes hemos recibido el bautismo podemos adorar en espíritu y verdad. La Cuaresma, en este sentido, sería un tiempo para volver a situarnos en la luz, renunciando a la seducción de las tinieblas. Por así decirlo, se nos concede volver a ponernos ante Jesús, para que cure nuestras cegueras interiores.