Domingo V: LA RESURRECCIÓN DE LÁZARO

Es el pasaje del Evangelio según san Juan que se nos propone en el quinto domingo de Cuaresma. Se trata de uno de los textos más dramáticos de este evangelio. Lázaro, el amigo de Jesús, ha muerto. Cuando llega a su casa, lleva ya varios días enterrado. Sus hermanas Marta y María lloran. Jesús les dice: Yo soy la resurrección y la vida. El que crea en mí, aunque muera, vivirá. Las mujeres creen, y Jesús manda abrir la tumba; llama a Lázaro y éste vuelve a la vida, ante el asombro de todos. Hasta tal punto fue grande la acción de Jesús, que nos cuenta el evangelista que, por una parte, muchos creyeron definitivamente en Jesús, pero, por otra parte, las autoridades de Jerusalén decidieron su muerte. 

Este signo nos pone ante otra de las dimensiones del bautismo. Se trata de un nuevo nacimiento, a la vida verdadera que no conoce la muerte, y que perdura en Dios por siempre. La puerta para esta vida auténtica es el bautismo. Para acceder a él, es necesario creer en Jesús, pues el bautismo nos une a su destino de muerte y resurrección. La participación en el misterio pascual del Señor no consiste simplemente en que un difunto vuelva a la vida, sino que se trata de una nueva creación, de un nuevo inicio, de un nuevo mundo, que Dios crea en Jesucristo, el primero de los resucitados. La muerte, de esta forma, pierde el dominio que ha tenido sobre el hombre, y deja de ser el final incontestable de todos los vivientes. Para los bautizados, el destino no es la muerte, sino la resurrección y la vida en Jesucristo.