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Historia de la Cuaresma

Como preparación espiritual para la celebración de la Muerte y Resurrección sabemos que, desde tiempos muy remotos, se instituyó un ayuno. Este ayuno, poco a poco, se fue ampliando a varias semanas antes de la Pascua. Así, sabemos que en la Iglesia de Roma, primero fue de tres semanas, durante los cuales se leían en las celebraciones litúrgicas fragmentos del Evangelio según san Juan, tal como todavía hoy se hace en durante las últimas semanas de la Cuaresma. 

El ayuno de seis semanas se institucionalizó durante el siglo IV; lo sabemos por los testimonios de san Atanasio en Alejandría, de Eusebio en Cesarea, y de san Cirilo en Jerusalén, entre otros. De Roma contamos con el testimonio de la carta de san Jerónimo a Marcela, el año 384. De esta forma, la Cuaresma quedó constituida por cuarenta días de ayuno, a lo largo de seis semanas antes de la Pascua, excluyendo de dicho cómputo los días del viernes y del sábado santo. Finalmente, al excluir los domingos como días de ayuno, el inicio de la cuaresma se fijó en el miércoles anterior a la sexta semana, que se denominó Miércoles de Ceniza. 

Junto a las prácticas penitenciales del ayuno, la Cuaresma fue, también, un tiempo de preparación para quienes iban a recibir el bautismo. Durante estos días se realizaban los llamados escrutinios, que consistían en la lectura de tres textos del evangelio de san Juan (la samaritana, el ciego de nacimiento y la resurrección de Lázaro), su comentario, y oraciones de exorcismo para dominar el poder del mal. Al término de estos escrutinios, tenía lugar la entrega del Credo (el símbolo de la fe), y la entrega del Padre Nuestro (la oración del Señor). Posteriormente, estos evangelios de los tres domingos bautismales, pasaron a los días feriales entre la semana, por lo que se destinaron otros textos evangélicos para esos domingos. En tiempos del papa san León Magno (440-461), se completó este esquema con la lectura de las tentaciones de Jesús el primer domingo, y la transfiguración el segundo domingo. 

El miércoles de ceniza, ya desde finales del siglo V, era tenido como el día de inicio del tiempo del ayuno. Éste era el gesto propio de la penitencia pública, ya desde el Antiguo Testamento. La Iglesia, como comunidad, se cubre de ceniza para manifestar su deseo de conversión. Hay que tener en cuenta que, en la antigüedad, el sacramento de la penitencia no se celebraba de forma privada, como hacemos en la actualidad, sino que tenía un carácter público. Quienes deseaban celebrar este sacramento, debían inscribirse en unas listas públicas, y dedicaban un tiempo determinado (que podía coincidir con la Cuaresma o tener un carácter más amplio), durante el cual se dedicaban al ayuno y a la oración con mayor intensidad, no pudiendo participar durante este tiempo en la celebración de la eucaristía. También hay que tener en cuenta como detalle característico de esta forma de celebrar el sacramento de la penitencia, que solamente se celebraba una vez en la vida, por lo que muchas personas diferían dicha celebración hasta un momento muy avanzado de la existencia. 

La evolución posterior hizo que algunos de los elementos integrantes de la Cuaresma quedaran un tanto en la penumbra. Así, la generalización del bautismo de niños restó valor al carácter catecumenal primitivo. De esta forma, se llegó a reducir a la Cuaresma a un simple carácter penitencial, olvidando que había constituido todo un camino de preparación al bautismo, y un auténtico proceso de recuerdo de sus compromisos para los ya bautizados. 

Por otra parte, la sustitución de la penitencia pública por la penitencia privada, también mermó el carácter comunitario que tenía la petición de perdón a Dios, primando la relación personal del penitente con la Iglesia y con Dios.
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