Monasterio‎ > ‎Historia‎ > ‎

San Salvador, titular del Monasterio

    El titular del Monasterio es nuestro Señor Jesucristo, bajo la advocación de San Salvador. Esta designación alude al misterio de la Transfiguración.

     Jesús subió con Pedro, Santiago y Juan a un monte alto, y se transfiguró ante ellos. San Marcos lo relata así: Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrante, como ningún batanero del mundo podría blanquearlos. Se les aparecieron también Elías y Moisés, que conversaban con Jesús. Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús: “Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Vamos a hacer tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. Estaban tan asustados que no sabía lo que decía. Vino entonces una nube que los cubrió y se oyó una voz desde la nube: “Éste es mi Hijo amado: escuchadlo”. (Mc. 9, 3-7)

     Cuando se fundó el Monasterio, no sólo quisimos evocar la institución alto-medieval de San Salvador del Monte Irago, a la que alude la documentación antigua. Pretendimos, ante todo, proponernos la contemplación de la divinidad del Salvador Transfigurado, como programa de vida y fuente de actividad apostólica.

     Al comienzo de la Segunda Carta de San Pedro, el apóstol hace esta contundente afirmación: Cuando os dimos a conocer la venida en poder de nuestro Señor Jesucristo, no lo hicimos inspirados por fantásticas leyendas, sino porque fuimos testigos oculares de su grandeza. Él recibió, en efecto, honor y gloria de Dios Padre cuando se escuchó sobre él aquella sublime voz de Dios: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”. Y ésta es la voz, venida del cielo, que nosotros escuchamos cuando estábamos con él en el monte santo. (2 Pedr. 1, 16-18)

    San Juan, otro de los testigos, nos aporta su confesión al principio de su Primera Carta: Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y han tocado nuestras manos acerca de la palabra de la vida –pues la vida se manifestó y nosotros la hemos visto y damos testimonio, y os anunciamos la vida eterna que estaba junto al Padre y se nos manifestó. (1 Jn. 1, 1-2)

     Por último, también Santiago, desde la venerable catedral compostelana, nos invita hoy a caminar hacia Cristo Jesús, nuestro Salvador. Su testimonio, rubricado en el martirio con su propia sangre, sigue siendo luz en nuestros días y, como diría san Pedro en su misma Segunda Carta, hacéis bien en dejaros iluminar por ella, pues es como una lámpara que alumbra en la oscuridad, hasta que despunte el día y el lucero matutino se alce en vuestros corazones. (2 Pedr. 1, 19)

     Por este motivo, además de las solemnidades de san Benito y Santiago, el 11 y 25 de julio respectivamente, celebramos como fiesta principal de nuestro Monasterio el día 6 de agosto, la Transfiguración del Salvador.
Comments