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El claustro

    
El claustro prefigura el paraíso, de igual modo que el monasterio es el Edén, lugar más seguro del Paraíso. En aquél lugar estaba la fuente del placer, en el monasterio la fuente bautismal; en el paraíso está el árbol de la vida y en el monasterio el cuerpo del Señor.
(Honorio de Autum)

    El claustro simboliza el paraíso. En el corazón de nuestro Monasterio, también un pequeño claustro nos invita a construir dentro de nosotros mismos ese claustro interior al que venga el Señor a pasear al atardecer.

    En el centro, una sencilla fuente hace que el agua brote constantemente con un murmullo lleno de paz y de sosiego. El agua da la vida; mata la aridez y refresca lo que está seco. Evoca al bautismo, nuestro compromiso de sumergirnos con Cristo en su muerte con la esperanza de participar de su vida por la resurrección.

    
En una esquina del claustro, crece un frondoso acebo. No po
día faltar un árbol en el paraíso claustral, del mismo modo que el relato del Génesis dice que en el paraíso terrenal estaba plantado el árbol de la vida. Árbol que, efectivamente, nos dio la vida, cuando la Vida pendió de la Cruz.

    En otra esquina del claustro, Santa María del Monte Irago, llevando a Jesús en brazos, sonríe y protege a los monjes del Monasterio. María, la nueva Eva, restaura con su obediencia lo que ésta destrozó con su desobediencia.

    Otro testigo, presente en el claustro, es el apóstol Santiago, amigo del Señor, cimiento de la Jerusalén celestial.

    El claustro, en suma, es un lugar de silencio, de contemplación, de oración; el auditorio del Espíritu Santo, el paraíso claustral. En nuestro pequeño claustro, reproducción simbólica del Cosmos ordenado por el Señor para nuestra salvación, peregrina el monje por las sendas del misterio, al encuentra de la vida nueva del Resucitado.

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