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Feliz Pascua

Una lectura atenta del Evangelio de San Marcos nos presenta muchos de sus pasajes de forma un tanto desconcertante. Jesús se nos muestra como alguien de carácter enigmático, en ocasiones oscuro, y los discípulos, por el contrario, simples e incluso ineptos. Cuando leemos el texto con cierta calma son muchas las preguntas que van surgiendo. Es verdad que es un/el Evangelio, la Buena Noticia, pero no es menos cierto que el final de esta historia conduce a la muerte de un inocente. En ese sentido, nos enfrentamos a un bonito relato con final trágico. A menudo considerada como la "Cenicienta" de los Evangelios, de alguna manera Marcos es un Evangelio para nuestra época, unos tiempos marcados por la insatisfacción, la búsqueda y el cuestionamiento de muchos de los planteamientos y forma de vida tradicionales. ¿Quién es este Jesús de Nazaret, que es tan extrañamente convincente y, sin embargo, a menudo tan difícil de entender?

Tal vez el mayor misterio que Marcos nos ha dejado es el final del Evangelio. Si abrimos nuestras Biblias quizá no nos lo parezca, pues concluye con algunos relatos de la resurrección de Jesús, incluyendo uno que parece ser un resumen de la historia de los discípulos de Emaús, y otro en el que se describe el momento de la Ascensión. Pero los exegetas bíblicos casi en su totalidad están de acuerdo en que Marcos 16, 9-20 fue añadido allá por el siglo II, y que el Evangelio originalmente terminaba en Marcos 16, 8.

De esta forma, el Evangelio termina con la historia de María Magdalena, María la madre de Santiago, y Salomé, dirigiéndose a la tumba con aceites para ungir el cuerpo de Jesús. Al llegar se encontraron con la lápida removida y al entrar se vieron a un joven sentado con una túnica blanca. El joven se dirige a las mujeres y les dice: “No os asustéis. Buscáis a Jesús de Nazaret, el crucificado. Ha resucitado; no está aquí. mirad el lugar donde lo pusieron. Ahora id a decid a sus discípulos y a Pedro: Él va delante de vosotros a Galilea: allí lo veréis, tal como os dijo”.

Y justo después de estos versículos nos encontramos con el “primer” final del Evangelio: “Ellas salieron huyendo del sepulcro, llenas de temor y asombro, y no dijeron nada a nadie por el miedo que tenían”.


Cuando pensamos en ello, somos conscientes de lo desconcertante y sorprendente de este final. El primer Evangelio escrito termina con una referencia al miedo. La imagen final que tenemos es la de un grupo de mujeres asustadas. ¿Aparece Jesús en el Cenáculo? No. ¿Vemos a Jesús entrando en una habitación con las puertas cerradas, le vemos caminar sobre el agua, o aparecer en la fracción del pan? No, no y no. “Ellas salieron huyendo del sepulcro, llenas de temor y asombro, y no dijeron nada a nadie por el miedo que tenían”.

Incluso lingüísticamente el final es desconcertante, y en el texto griego es aún más chocante. 16, 8 termina con la partícula "ephobounto gar" (que tenían miedo, por…); todo un final refinado, una partícula -gar- que sin embargo, requiere de un objeto, y que este versículo no tiene. Es como si el Evangelio terminara con un "pero". El relato se nos queda “colgando”. Marcos parece terminar su escrito dejando al lector en un aparente estado de colapso. ¿Cómo puede ser ésta la Buena Nueva que el evangelista proclama?

¿Por qué Marcos nos deja tan insatisfechos? Sin final feliz, sin maravillosos encuentros, sólo la palabra de un joven que dice que el tal Jesús ha resucitado, una palabra que además, es de inmediato silenciada por las mujeres que, muertas de miedo, huyen aterrorizadas del lugar del suceso. Cuando Marcos escribió su Evangelio no había otros, era el primero de ellos. Y, sin embargo, esto era todo, este es el final. Normal que quedemos pues, desconcertados, confusos e insatisfechos.  

A lo largo de la historia de la interpretación de los evangelios se han dado todo tipo de teorías sobre los porqués de terminar el Evangelio de una manera tan brusca. ¿Es simplemente que Marcos muriera antes de que pudiera completarlo, tal vez como resultado de las persecuciones que amenazaban su comunidad.? ¿O acaso la última página del Evangelio se ha perdido?

Pero tal vez deberíamos tratar de entender por qué Marcos eligió para final de su Evangelio una forma como la que, de hecho, eligió. Tal vez si lo examinamos más de cerca podríamos llegar incluso a pensar que la forma en la que concluyó su texto es la más adecuada para las pretensiones de todo su Evangelio. 


Vamos a proponer tres posibles respuestas…

1. Nunca debemos dar por terminada nuestra particular búsqueda. Cuando concluimos la lectura de Marcos y volvemos a “enrollar” el manuscrito es normal sentirnos un tanto estupefactos. En realidad, ¡esta es la buena noticia! Aunque tal vez no como esperábamos. Parece pues, claro que uno de las intenciones del evangelista es destacar que, en muchas ocasiones nos quedamos estupefactos pero no en la forma y manera que nosotros esperábamos. El Evangelio alude constantemente a la falta de comprensión de los discípulos, tanto es así, que en una ocasión Jesús llama a Pedro 'Satanás' cuando no capta el mensaje de que el Hijo del hombre tenga que sufrir y morir. Marcos está tratando de conseguir que nosotros seamos realmente capaces de entender quién es en verdad Jesús, y no de dar por bueno nuestro propio e interesado retrato sobre su persona. Él no va a llevar su Evangelio a un “final feliz” porque la búsqueda, nuestra búsqueda debe continuar en nuestras vidas.

Podríamos decir, usando una expresión actual, que el Evangelio es una obra “abierta”. Queremos poner fin a algo, dar por definitivamente concluido el relato, pero la vida no es así. Esto no es uno de los tantos finales de Hollywood.

Quizás Marcos no quiere que avancemos con la sensación de tener en la vida todo resuelto. Nos gusta un buen final, pero me temo que no vamos a conseguirlo. ¡Lejos de ello! Cristo nos está invitando a un largo viaje, y la búsqueda ha de continuar.


2. Estamos ante una Buena Noticia para gentes débiles, con faltas, gente necesitada…

En realidad ante este final nos quedamos con la sensación de que la Buena Noticia que nos viene de la tumba vacía no espera precisamente encontrar hombres “perfectos”.

De esta forma el final de Marcos parece ser una conclusión natural de su Evangelio. Cuando los discípulos estaban en el camino con Jesús, tres veces se les explicó que Jesús sufriría y moriría antes de que resucitara. Pero aunque les resultara duro de aceptar, cada vez iban creciendo en el conocimiento del misterio de Jesús. La incomprensión y el fracaso es también, una experiencia repetida en nuestro seguimiento de Jesús.  

Además durante todo el Evangelio descubrimos que el miedo es una parte normal de la vida del discípulo - como vemos en el pasaje de la hemorroisa; Jairo y su familia; los discípulos cuando vieron a Jesús caminando sobre las aguas; en la Transfiguración, y en el camino a Jerusalén. En cada uno de estos casos, el miedo es un elemento más del movimiento hacia una mayor revelación y entendimiento. El miedo es también parte integrante de nuestro camino.

Quizás habría que afirmar que Marcos, en relación al acontecimiento de la Resurrección, es más realista que pesimista. Se termina no con apariciones milagrosas sino con una promesa abierta a la esperanza pronunciada por el joven junto a la tumba. Cristo, el sembrador, ha sembrado la Palabra con su vida, y nada lo detendrá en el logro de su propósito. En ocasiones pudiéramos caer en la falta de iniciativa, como las mujeres que se dirigieron al sepulcro, pudiéramos ser como los discípulos junto a la cruz, que no tardaron en abandonar a quien siguieron durante tres años… pero la Palabra va delante de nosotros para encontrarnos, como supo encontrar a Pedro y a los discípulos. 


Este sería el mensaje del Evangelio, toda una carga de profundidad dirigida al auditorio de Marcos, una comunidad que sufría verdadera persecución posiblemente en la Roma de Nerón allá por los años 65 o 70. Marcos nos recuerda que ningún discípulo es perfecto. El Evangelio termina alentando a perseverar a pesar de nuestros propios miedos y fracasos. Y tal vez es lo que sugiere de alguna manera misteriosa este Evangelio, proclamado incluso por discípulos imperfectos, frágiles, y faltos de fidelidad.


3. El final no está escrito, sino que la vida del Resucitado se vive en nuestras Galileas concretas. 

¿Pero por qué Marcos no habla de la resurrección y nos cuenta las historias que tanto nos gustaría escuchar durante este tiempo pascual? Tal vez porque esta historia no se encontraría en los pasajes escritos de un libro, sino que están en las vidas de los discípulos que han tenido una verdadera experiencia del Señor resucitado. Marcos tan solo nos cuenta la historia de la Pasión y muerte, porque fueron los discípulos quienes experimentaron la resurrección. 

Al dejar al descubierto la historia, Marcos apunta hacia el futuro, a Galilea, donde la historia tiene que encontrar su cumplimiento. El joven dijo a las mujeres:  “Ahora id a decid a sus discípulos y a Pedro: Él va delante de vosotros a Galilea: allí lo veréis, tal como os dijo”.

Si queremos ver a Cristo resucitado, debemos buscarlo en nuestras propias Galileas, nuestras propias experiencias ordinarias de trabajo, con nuestros amigos, en nuestra casa y en nuestra familia. El regreso a Galilea, de hecho, también podría ser una invitación a volver al principio y leer el Evangelio de nuevo esta vez a la luz proyectada por el amanecer de la Resurrección. Algunos comentaristas han propuesto esta "lectura circular del Evangelio" en el que constantemente tenemos que regresar al principio, pero ahora con una nueva comprensión de cómo sea el camino a seguir.

Marcos inicia su Evangelio declarando: “Comienzo de la Buena Noticia de Jesús, Mesías, Hijo de Dios”. La primera palabra del Evangelio es el término griego arjé. Quizás quiera dar Marcos a la palabra "principio" un nuevo significado, dando a entender que el final puede no estar recogido en el texto, sino en la vida del lector o del oyente del Evangelio. Nuestra escucha de la Buena Nueva es sólo el comienzo. El secreto de la resurrección se encuentra en las vidas, los corazones y las mentes de todos nosotros.

Y así, el Evangelio de Marcos no termina con un punto y aparte, sino con un final abierto. Al igual que la misa no termina con un "Amén", con lo que todo se da por concluido, sino con un “id” con un carácter imperativo. El final no es más que otro principio. Nuestra peregrinación continúa, y hemos de completar la historia de Marcos en nuestras propias Galileas.



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