Ermita de San José

    
A la mitad de la Calle Real, se alza la Ermita de San José, uno de los mejores conjuntos barrocos de la comarca. Una inscripción en la fachada del edificio dice que la obra se concluyó el año 1733. Fue costeada por José Calvo Cabrera, cuyos restos descansan, junto con los de su familia, en el templo.

    El programa iconográfico de esta ermita contiene una importante catequesis cristiana, centrada sobre el misterio trinitario de Dios revelado por Jesucristo, y operante mediante la fuerza del Espíritu Santo.

    San José ejerce el papel de guía en esta catequesis. Ya a la entrada del templo, en una hermosa escultura de piedra, nos muestra a Jesús, nuestro Salvador, de quien él cuidó solícitamente.

    María estaba prometida a José y, antes de vivir juntos, resultó que había concebido por la acción del Espíritu Santo. José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió separarse de ella en secreto. Después de tomar esta decisión, el ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: “José, hijo de David, no tengas reparo en recibir a María como esposa tuya, pues el hijo que espera viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados. (Mt. 1, 18-21)

    En el centro del retablo mayor, san José lleva efectivamente al hijo que María engendró del Espíritu Santo. Es admirable la elaboración teológica del retablo: el Hijo, el Verbo hecho carne, Jesús nuestro Salvador, está en brazos de san José. Por encima de ellos, el Espíritu Santo en forma de paloma; y, coronando el retablo, el Padre eterno. Es decir, la Trinidad se nos desvela en Jesús, el Hijo, encarnado en María por la acción del Espíritu. Jesús aparece como el punto de unión entre la humanidad de san José, que lo lleva amorosamente en brazos, y la Trinidad que se desvela para salvar el mundo.

    En el retablo mayor, aparecen otros tres personajes en los que la acción del Espíritu fue tal que los convirtió en testigos del Padre, el Hijo y del Espíritu: Santiago Apóstol, y las santas mártires Bárbara y Lucía.

    
A la izquierda de san José, se encuentra la imagen de santa Bárbara, portando sus atributos iconográficos característicos: la palma del martirio y el castillo. Bárbara era una joven de Nicomedia (en la actual Turquía), a mediados del siglo III, que, según la tradición, vivió su juventud encerrada en un castillo por su padre, hasta que se convirtió al cristianismo. Murió tras un horrible martirio, a manos de su propio padre, quien posteriormente perecería a causa de un rayo que cayó del cielo. Por este motivo, fue invocada santa Bárbara como abogada contra las tormentas.

    
A la derecha de san José se encuentra otra famosa mártir de la antigüedad: santa Lucía. Recibió la palma del martirio en su ciudad natal de Siracusa (Sicilia), el día 13 de septiembre del año 304. Dado que su nombre su nombre significa “luz”, siempre se la consideró como especial intercesora contra las enfermedades de los ojos. De hecho, en su escultura de esta ermita, lleva una bandeja sobre la que se ven dos ojos.

    Hay otros cuatro retablos barrocos en la ermita, todos ellos de buena factura. Los dos primeros son los del Ecce Homo y del de la Santa Cruz.

    
El retablo del Ecce Homo contiene una interesante talla del Señor, coronado de espinas, revestido con el manto púrpura y con una caña en las manos, a modo de cetro, tal como nos relatan los Evangelios que se burlaban de él los soldados tras la flagelación. El nombre de Ecce Homo procede del relato de la Pasión según San Juan, cuando Pilatos expone al Señor, flagelado y coronado de espinas, ante el pueblo que clama por su crucifixión.

    Frente a este retablo, se encuentra otro que contenía la Santa Cruz, una talla de marfil actualmente custodiada en el Museo de la Catedral de Astorga.

    De los dos restantes retablos, uno está dedicado a la Dolorosa, y el otro a San Antonio de Padua. El retablo de Nuestra Señora de los Dolores muestra a María, en una talla de vestir, con hábito de luto. Madre, ahí tienes a tu hijo. Hijo, ahí tienes a tu Madre. El retablo contiene dos medallones: el superior contiene un relieve del momento de la crucifixión; mientras el inferior reproduce el descendimiento de la Cruz.

    Por último, el retablo de San Antonio de Padua nos pone de manifiesto la enorme devoción que suscitó este santo franciscano, de origen portugués, que vivió en la primera mitad del siglo XIII. La escultura, de notables proporciones, nos lo muestra con un libro en la mano y, encima, al niño Jesús. Tal escena recuerda un momento de la vida de san Antonio, en Limoges. Estando una noche en oración, sólo en su habitación, el hombre que lo había recibido en su casa le estuvo acechando y vio en el aposento una gran claridad; mirando más en ella, vio un niño en los brazos de Antonio: era Jesús en persona.

    El retablo contiene otros dos medallones con sendas escenas de la vida del santo. El de la parte inferior reproduce el milagro del caballo que adoró el Santísimo Sacramento. Cierto hereje negaba la presencia real del Señor en la Eucaristía porque no veía ninguna transformación en el pan. San Antonio le preguntó si creería en el caso de que el caballo en el que montaba adorase al verdadero Cuerpo de Cristo bajo la especie de pan. Aceptó el hombre. Dos días tuvieron al animal sin comer. Al tercero, en la plaza, le dieron avena mientras san Antonio estaba delante, teniendo en sus manos con gran reverencia el Cuerpo de Cristo. Entonces el caballo, como si tuviera conocimiento, se arrodilló ante el Santísimo.

    La otra escena presenta a san Antonio predicando a los ciudadanos de la opulenta Padua. La predicación del santo provocó una honda conmoción en sus habitantes. Eran tantos los que acudían a escucharle, que ninguna iglesia fue capaz de acoger tal multitud, por lo que Antonio eligió un prado, donde llegaron a juntarse hasta treinta mil personas.

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